El juego continua...

El cuerpo de Jane Doe emerge de las pantanosas aguas y revelará el lado más oscuro de todo ser humano...




sábado, 1 de enero de 2011

Un día más en el trabajo



Como cada día al entrar al edificio donde trabaja, Amanda fija su mirada en él. Ahí está como siempre, de pie en el vestíbulo de las oficinas.

Él le devuelve la mirada. Le sujeta la puerta de cristal a su paso aunque ese no es sea su deber, y roza ¿sin querer? su mano. Amanda se estremece al notar el contacto de su piel, hay algo en ese hombre que la excita. Quizá sea el uniforme, siempre la gustaron los uniformes. O puede que sean que sus ojos verdes que la miran con deseo cada día cuando entra a trabajar...

Pero como cada día, tras un breve saludo cordial, Amanda coje el ascensor hasta la planta donde está su despacho y no vuelve a hablar con él hasta que finaliza su jornada, que vuelve a cruzar el rellano del edificio y él le vuelve a abrir educadamente la puerta. Con un poco de suerte mantendrán una animada charla superficial interrumpida por todas las personas que terminan su horario de trabajo y quieren salir cuanto antes del edificio. Y con más fortuna todavía sus manos volverán a rozarse en un gesto aparentemente inocente, pero lleno de intención, y después se cruzarán una última mirada mientras Amanda cruza el umbral de la puerta.

Pero hoy no es como cada día. El papeleo se le ha acumulado sobre la mesa y no le queda más remedio que quedarse en la oficina hasta terminarlo. A las siete de la tarde comienza la retirada en masa de los empleados a sus casas, mientras tanto, escondida en su oficina, Amanda no levantaba la vista de la pantalla del ordenador.

Ha caído la noche y sólo cuatro gatos permanecen en el edificio. Los pasillos y los despachos se encuentran apenas iluminados por las luces de emergencia y por pantallas de ordenador sin apagar, salvo los que aún tienen gente, de los que sale luz intensa a través de las rendijas de las puertas y se oye a sus inquilinos teclear salvajemente como si así fueran a volver a su casa antes...

Amanda tramitó su ultimo papel y suspiró aliviada. Apagó la computadora con prisa y recogió su bolso de un cajón de su mesa. Pulsó varias veces el botón del ascensor mientras comprobaba la agenda en su teléfono móvil hasta que la puerta metálica se abrió perezosamente y se introdujo en su interior.

Al llegar a la planta baja las luces del vestíbulo estaban apagadas y las puertas cerradas. El conserje ya había terminado su jornada, y la planta se encontraba vacía. Amanda se dirigió hacia el mostrador de recepción. Justo detrás hacia un pequeño despacho débilmente iluminado donde imaginaba que estaría un vigilante para que le abriera la puerta.

Se acercó tímidamente al marco de la puerta y ellí estaba él. Sentado ante unas pantallas desde las que se podían observar las imágenes que grababan las cámaras de seguridad. De repente su corazón se aceleró y se sintió algo avergonzada de estar allí, aun así, tenía que salir del edificio para volver a su casa, asi que respiró, se armó con su mejor sonrisa y golpeó suavemente la puerta entreabierta con los nudillos.

Él se giró, y al verla se puso en pie apresuradamente. También dibujó una gran sonrisa y sus ojos se iluminaron ya que no esperaba tal sorpresa a esas horas. Se dirigió hacia ella y la inquirió con la mirada. Amanda le explicó que se había quedado hasta tarde terminando un informe, y que fue a salir del edificio las puertas se encontraban ya cerradas.

Él volvió tras sus pasos y cogió un gran manojo de llaves. Amanda se pegó a la pared dejándole paso. El pasó bajo el umbral de la puerta tan cerca de ella que pudo notar su perfume. Se miraron fíjamente durante unos segundos que parecieron eternos hasta que ella bajó la mirada. No quería que se le notara en los ojos que le deseaba. Él debió pensar lo mismo, porque también retiró la mirada hacia el llavero que tenía en sus manos.


Ambos alargaron deliberadamente ese momento, sabían que una vez salieran al rellano todo volvería a ser como cada día, un poco de conversación trivial quizás un pequeño apretón en un brazo buscando el contacto del otro, pero nada más. Amanda siguió apoyada en la pared mientras el vigilante avanzaba lentamente hacia la salida, no se movió sino que le observó cómo se alejaba, fijando su mirada en su nuca, su cuello, su espalda... Notó como comenzaba a excitarse y se mordió el labio. Él se dio cuenta y fingió haberse confundido de llavero para tener la excusa para volver donde se encontraba la mujer. Llegó hasta la puerta de su cuarto, justo donde se estaba Amanda, pero esta vez no se apartó para dejar paso al vigilante, sino que, disimulando, se quedó en medio para obligarle a pasar cerca de ella.

No le quedó otra opción que tratar de pasar por el espacio que le había dejado Amanda, claramente insuficiente, por lo que sus cuerpos tropezaron. Ambos se miraron, y sin ninguna duda, vieron el deseo en los ojos del otro.

Él tomó la iniciativa y sin dirigirla la palabra la sujetó de la cara con su mano y la besó. No fue un beso tímido ni delicado. Fue un beso dado con ansia, incluso con rabia. Tiró el llavero al suelo y la agarró fuertemente con ambas manos, buscó su rostro, su pelo en el que se enredó, su cuello mientras presionaba sus labios contra los de la mujer, obligándola a abrir más su boca, buscando su lengua.

Amanda se sorprendió cuando él se lanzó sobre ella, pese al deseo que creía que él sentía por ella, no pensó que fuera a materializarse nunca, por lo que al principio reaccionó de manera fría. Pero pronto se dejó llevar... Notaba la presión que ejercía la boca del hombre sobre sus labios, obligándola a abrirlos, metiendo su lengua y eso le gustaba. La agarró con fuerza del pelo, enredándolo en sus manos mientras la besaba, y se acercó más, pegando con fuerza su cuerpo al de ella. Amanda notó la presión que él ejercía sobre su cuerpo, y soltó un gemido de excitación cuando sintió su erección empujando sobre su vientre.
Tiró su bolso y los papeles que tenía en la mano y le agarró de la nuca, arrastrando sus manos a lo largo de su espalda hasta el final, donde clavó sus uñas y atrajo más hacia sí el cuerpo del hombre y sentir aun más su polla presionando contra su pubis.

Él comenzó a besarla por el cuello y el escote, acompañando sus labios con sus manos hasta llegar a los pechos de Amanda, los que acarició suavemente por encima de la ropa antes de subirle la blusa para descubrirlos. Eran perfectos, ni grandes ni pequeños, redondos y vestidos con un sostén negro. Los besó y recorrió lentamente con su lengua, le quitó el sujetador y siguió su húmedo recorrido por los pezones, donde se detuvo para dibujarlos suavemente. Amanda se estremeció entre sus brazos y apretó la cabeza del vigilante contra su pecho.

En ese momento Amanda tomó la iniciativa desabrochandole la camisa del uniforme, recorriendo lentamente con sus dedos su torso. Tenía varios tatuajes alrededor del cuerpo que iba descubriendo a medida que iba despojándole de la ropa. Le gustaba lo que estaba descubriendo. Se agachó frente al él, mirándole a los ojos mientras le desabrochaba el cinturón. Abrió la cremallera del pantalón y buscó en su interior. Pronto vio lo que andaba buscando: su polla. Dura, gorda, perfecta... Volvió a mirarle a los ojos, y le sonrió. Él la miraba excitado, sabía lo que iba a pasar y eso le ponía más, sobre todo al ver cómo Amanda se mordía lascivamente los labios. Cerró los ojos un segundo, tiempo suficiente para que ella acercara sus labios al miembro del hombre. Jugueteando con su lengua al principio para, posteriormente, introducirsela en la boca poco a poco, subiendo y bajando la cabeza rítmicamente, recorriendo su polla, jugueteando con ella.

Él no quería terminar tan pronto en su boca, por lo que la puso en pie, de nuevo contra la puerta, y la metió mano por debajo de la falda. Amanda gimió. Él la levantó por las caderas mientras buscaba de nuevo sus labios con su boca. Cogida por el vigilante, este la introdujo en brazos en el interior del cuarto de seguridad, tumbándola sobre la mesa del ordenador que apartó de un manotazo. Tenía la blusa abierta y la falda subida por la cintura mostrando una minúsculas braquitas negras que él quitó con destreza. Se echó sobre ella para besarla, dejando caer el peso de su cuerpo sobre el de Amanda que enroscó sus piernas alrededor de la cintura del hombre y comenzó a moverse rozando su polla con su sexo quien no aguantó más los movimientos de Amanda y decidió que era el momento de follársela.

Amanda sintió como el miembro del vigilante se hacía paso a través de su sexo, llenándola. Necesitaba sentirle dentro, notar su polla en su interior, sus embestidas y su cálido aliento sobre su rostro. Ahora era ella quien le agarraba del pelo, elevándole la cabeza obligandole a mirarla a los ojos. Le encantaba ver los ojos de deseo de ese hombre, sobre todo ahora que la estaba poseyendo. De vez en cuando, Amanda dejaba caer la cabeza hacia atrás, arqueando la espalda, gimiendo, pero volvía a levantarla para seguir mirandole, no quería perderse su cara cuando llegara al orgasmo.

Este no tardó en llegar. El hombre comenzó a embestirla rápidamente y su respiración se entrecortaba cada vez mas hasta que llegó al clímax, y permaneció varios segundos en el interior de Amanda.

Amanda sabía que él estaba a punto de correrse cuando sus embestidas fueron cada vez más rápidas, hasta que lanzó un gruñido y empujó su polla muy dentro de ella. Sintió como su semen caliente la llenaba.
Entonces él se derrumbó sudoroso sobre ella y se abrazaron, aunque esta vez sí, los besos fueron suaves caricias en los labios. Así permanecieron un largo rato, hasta que un ruido producido por alguno de los trabajadores que aun quedaban en el edificio les alarmó. Comenzaron a vestirse disgustados por la posibilidad de que alguien bajara y los descubriera.

Amanda se abrochó el último botón de la blusa, se colocó un poco el pelo con las manos y recogió su bolso del suelo. Del mismo modo, el vigilante cogió su juego de llaves que había tirado, y juntos salieron del cuarto de seguridad atravesando el hall en dirección a la salida. Allí él la abrió la puerta como siempre, aunque no fuese su deber, y ella, como siempre le dijo adiós educadamente y le miró a los ojos, sonriendo. Él la sostuvo la mirada durante largo rato mientras ella salía y, ¿sin querer? se rozaron sus manos al despedirse.